domingo, 11 de junio de 2017

Tenía los ojos más oscuros y turbios que había visto nunca, pero su mirada era tan sincera y tan vulnerable que me arrancaba ganas de llorar. De alegría, siempre. Era una fachada con un color distinto en su interior. Y eso era vida. 
O al menos, la que yo quería.

miércoles, 17 de mayo de 2017

reflexión de última hora

El tiempo no hacía otra cosa que correr su cuenta atrás, y muchos actúan mejor bajo presión. Tú no, y yo sólo lo supe en aquel momento. Al final sólo quedó lo necesario para acabar con nuestros límites, dos armas y una sola bala. Y ya conoces mi instinto de supervivencia.
Cualquiera se imagina lo que pasaría después. 
La autodestrucción se encargó del resto. 

domingo, 26 de marzo de 2017

una vez...

Perdona mi suspicacia; una vez liberé todos mis secretos más allá de mí y lo rompieron todo. 

Perdona si soy cortante como un filo, pero una vez fui yo el corte y otro el cuchillo. Sujetaron el mango y apretaron con toda la fuerza posible, como si mi pecho fuese de acero y dentro no hubiera nada.

jueves, 23 de febrero de 2017

por fin tienes el cuerpo en silencio

Tu cabeza descansa en mi clavícula
con los ojos cerrados
respirando –o suspirando- tranquilo.
Yo fumo hierba y la escupo tosiendo
te miro
y acaricio tu pelo enredado o enamorado,
-que viene a ser lo mismo-.
Y escribo con esa ternura que escuece
y te abraza la espalda
mientras respiro hondo del cansancio.
Me miro de arriba abajo en el espejo
estando todavía desnuda
justo debajo de tu respiración
erizándome la piel.
Te susurro –casi sin voz-
todo lo que se me ocurre hacerte
y me besas tan dulce
que pierdo la sensibilidad.
Tú callado
me aprietas fuerte –contrastando
tu corazón
con lo que quiera que quede del mío-.
Me enciendo otro cigarro, y el resto del planeta escucha
muy atento
todo lo que nos miramos
sin decirnos nada –porque no hace falta-.
Y por fin tienes el cuerpo en silencio
a mi lado, tranquilo, dilatado.                          

domingo, 29 de enero de 2017

Mentiríamos como cobardes si dijésemos que tú no te mueres por mi boca
o que yo no me muero por tus brazos.

           Pero qué me vas a contar

          de lo cobardes que somos...

jueves, 5 de enero de 2017

el extraño que llevamos dentro

Aún sigo esperando a que aparezcas por el otro lado de la calle, pero la temperatura baja y tengo que irme.
Cuento las líneas de las losas del suelo al que miro, e imagino que llegas a tiempo.
Recuerdo el puente al que solías acompañarme cuando no quedaba otra que despedirse
                                                                                                             porque ya era tarde
o porque quizá ya nos habíamos cansado de dar tumbos por la calle.

Ojalá volver a los trece años.
Cuando no había nada más audaz que engañar a mamá e irte a casa de esa amiga que nunca existió y pasar horas tontas en la calle con ese chico que te llamó la atención hacía sólo unos meses.
Ojalá volver a esos años.
Cuando creíamos saberlo todo y todavía nos faltaba media hostia.
Pero qué claro teníamos lo poco que sabíamos.
Igual que ahora, cuatro o cinco años después, ¿verdad?
                                                                          porque en realidad no.

Ahora le damos las riendas de nuestra vida a cualquiera menos a nosotros mismos, mientras nos miramos al espejo y vemos al extraño con el que no te dejaban hablar de pequeño, sin saber que años más tarde volverías a ser tú.


miércoles, 4 de enero de 2017

Conseguí el imposible que llevabas por bandera, ese en el que tu única armadura era la del miedo envuelto en seguridad -pero una seguridad muy limitada-,
Al final ganaba el miedo

He dejado de buscarte con la esperanza de que tú lo hicieras por los dos, y me he quedado sola

qué mal han bailado siempre los recuerdos

   Me he mirado al espejo y me he visto abierta en heridas por la cara. Llevo en los ojos el miedo a no ver nada, y ni siquiera los cierro, por verlo todo. Tengo la frente mojada de sudar la soledad por las noches, y mientras me cae el pelo con forma de greñas.
   Me curo las grietas de los labios -consumidos por quien me ataba las manos al pasado-, pero ese escozor tan hostil amenaza con quedarse para siempre. 

   Ahora llueve al otro lado de la ventana, y ni siquiera arrastra los recuerdos -quién sabe si buenos- que bailan por el cristal.Tan mal como una tortura con la misma banda sonora de todas las películas que se nos quedaban cortas en invierno -aunque sabíamos bien cómo cambiar el final-. 
Tan mal como siempre.

   Apoyo las manos sobre la pared, cierro los ojos, y me siento plena tempestad. Me agacho hasta el suelo, y acabo encerrada en mí misma en menos de un metro cuadrado.
   Los monstruos de las pesadillas me tiran del pelo -y no me opongo-.

Me han ganado   
                                      /otra vez.




en el fondo lo sabías

¿Sabes?
    Escribir en una biblioteca es precioso.
He vuelto a casa después de una buena dosis de autodestrucción entre papeles, y no hay nada como eso. Llegar a casa y que mi pijama sea la ropa que te dejaste. Oler a ti. Tumbarme en la cama. Envolverme con ese aroma tuyo que pulula por estas cuatro paredes -que se me vienen encima desde que lo único tuyo que existe es el recuerdo-. Y cerrar los ojos.
    ¿Y sabes? 
Todavía me acuerdo de tus lágrimas por mis dedos -frenado su suicidio por tu cara-. De tu boca succionándome hasta el alma.
                                                                 Y a ti, retorciéndote del orgasmo.
                                                                  En mi clavícula. 

martes, 3 de enero de 2017

HUBIERA

Hubiera sido más fácil echar llaves y cerrojos a una puerta que separa umbrales dañinos de los no tan dañinos. Ponerle un candado al pecho -como excusa por todo lo demás- y hacer oídos sordos a ese sonido de tu pecho tan cerca del mío. Hubiera sido menos apoteósico llamar desde casa bajo techo, y no correr bajo la lluvia hasta mi ventana. A gritar -aunque eso siempre viniera igual después de la llamada-. Dejar el orgullo al Sol secándose como las plantas y esperar a los reproches; a ver si brotan. 
Hubiera sido más simple cerrar los ojos o mirar a otro lado, pero al final el instinto retórico vence, y las pestañas de arriba y de abajo olvidan lo que es estar juntas. Pero suerte para ellas una vez que lo consiguen.
Abrir esas manos que sujetan puñales y evitar clavarlos -otra vez- sobre esa herida a la que nunca se le brindó la oportunidad de ser cicatriz.