lunes, 14 de septiembre de 2026

manos de papel

Hay un recibo encima de la mesa de la cocina. Cocina o ese trozo de barra americana con dos fuegos pegados al salón que me puedo permitir en este diminuto espacio a precio de palacio. 

Hay cuatro llamadas perdidas en el buzón y no quiero atender ninguna. Muchos trances que sostener y muy poco margen para defender. Un familiar que te hunde la vida, dos amigas que pierden su título por irresponsables, una pareja que ya no ayuda, otro familiar que lo pone difícil, un trabajo que asfixia, una casa que se sostiene por obra divina o eso te parece. Hace mucho que no sabes cómo tu vida se sujeta. Es tan grande el poder de la mente, que disociarte es tu talento innato y así es como salvaguardas el sueño, que es lo único que te queda. Si duermes bien, todo está bien. Otro consuelo. 

Eres otra. Nadie diría que en pocos años puede cambiar tanto la vida. Todo es más difícil cuando debería ser más fácil, pero tú cada vez eres más dura cuando deberías ser más blanda. Por desgaste y ese tipo de lógicas, claro. Es curioso y muy tentador de estudiar; cuando creemos estar al borde y al llegar vemos que solo ha empezado, que caben muchas más cosas de las que hubieras creído que podrías mantener. La sonrisa y los aires de que todo va bien, vienen solos. No aprecias ni siquiera el esfuerzo porque no te das cuenta. Estás demasiado ocupada disimulando no caerte que no prestas atención a que has conseguido disimular de verdad. Cualquiera diría que lo haces todo muy fácil. Cuando nadie sabe. Nadie sabe qué te llevas a la cama y qué te despierta entre temblores. Nadie puede imaginar, cada uno tiene lo suyo. Nadie sabe, nadie sabe... 

Es mejor así. ¿No?

Si alguien supiera... ¿tendería su mano o miraría a otro lado, que es menos complicado? Si tendiera la mano, ¿sería firme o se doblaría como el papel? Si no lo hiciera, ¿dormiría por las noches?

Prefiero no saber la respuesta... 

Vivir o ir tirando

Una casa. Una gata. Una vida. 

Una vida. Una gata. Una casa. 

Creo que ese era el orden. 

Hace mucho que no hablo contigo. La última vez, te dedicaba unas palabras que reivindicaban una casa. Una casa nueva. Un lugar tuyo nada más. Sin recuerdos, sin manchas de terceros, sin pasado, sin fantasmas. Solo una gata y una mujer. Una mujer en ciernes, o ya construida, qué más da. 

Una casa en la que instalarse con una premisa, con unas normas; no dejar que nadie dejara a su fantasma entre los rincones. Y sería difícil; al final, alguien acabaría por entrar y dejar su rastro. Las casas, como las vidas, no son impermeables. Por mucho que una construya un discurso en sus cimientos con el que se trate de recordar qué permite calar y qué no, al final, no importa. La vida, como siempre, toma su propio camino. Da igual cuánto dejes atado (esa falsa seguridad). 

Hace varios años que no te escribo. Te he dejado volar libre; creer que la vida es eso, ser libre. Te he dejado mirar hacia otro lado y creer en lo que no era cierto. Te dejé dejarte llevar y dejarte marear. Así son las cosas, era el consuelo. Todo el mundo conduce su vida como puede. Esto es normal, eso está bien, aquello es mal menor, mejor malo conocido que bueno por conocer.

Pero es que no era malo, no te confundas. Era todo lo que una espera. Todo aquello que una se plantea, que envidia, que desea. Era cada cualidad de genialidad, intachable. Tan genial que hasta se debe desconfiar. Nada es tan bueno. Algo oculta. Algo esconde. Pasará el tiempo y descubrirás algo horrible que justifique todo lo demás, que era genial. J. te llamaba exagerada. Disfruta, vive, no lo pienses, decía. Y tenía razón. 

No pensaste. Disfrutabas y vivías. Quizás fuera eso el problema. Tenías tantos problemas que no pensaste que este sería otro más, con el tiempo. Solo tú disfrutabas y vivías. ¿Cómo recoges la dignidad después de vivir tú solo algo compartido? ¿Qué se hace a continuación de darse cuenta uno? ¿Qué viene después? ¿Cómo congenias el vértigo de quedarte solo? Ya lo estabas, pero ahora tienes que formalizarlo. No es lo mismo, nunca podría ser lo mismo. 


Hay gente que son flores, notas, miradas, recuerdos, caricias, fotos, gestos, momentos. Hay gente que nada. Y hay gente que primero flores, notas, miradas, recuerdos, caricias, fotos, gestos, momentos, y luego, nada. Y sin aviso ni explicación. Simplemente asúmelo y decide qué hacer. No siempre tiene por qué suceder algo que marque un cambio; un antes o un después. A veces solamente te hayas en un lugar muy distinto a la partida y hasta que no miras atrás no ves lo lejos que estás. Y aquí, el sentido que adopta la palabra lejos, es aterrador.

Con lo bien que estabas en tu casa con tu gata viviendo tu vida. 

Hace mucho que no te recuerdo quién eres. Has estado muy liada dándote de bruces con torpezas ajenas que ni siquiera te pertenecen. Que ni siquiera te construyen a ti. 

Tienes muchas cosas. Muchas, muchísimas.


Una casa, una gata, una vida, por ejemplo.